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    • Document type
      Review (monograph)
      Journal
      Mélanges de la Casa de Velázquez
      Author (review)
      • Rubí Casals, Maria Gemma
      Language (review)
      Español
      Language (monograph)
      Español
      Author (monograph)
      • Inarejos Muñoz, Juan Antonio
      Title
      Ciudadanos, propietarios y electores en la construcción del liberalismo español. El caso de la provincias castellano-manchegas (1854-1868)
      Subtitle
      El caso de la provincias castellano-manchegas (1854-1868)
      Year of publication
      2008
      Place of publication
      Madrid
      Publisher
      Biblioteca Nueva
      Number of pages
      366
      ISBN
      9788497427791
      Subject classification
      Political History, Social and Cultural History
      Time classification
      Modern age until 1900 → 19th century
      Regional classification
      Europe → Southern Europe → Spain
      Subject headings
      La Mancha
      Wahl
      Liberalismus
      Kastilien
      Geschichte 1854-1868
      Original source URL
      http://mcv.revues.org/3759
      recensio.net-ID
      fafcfd52a4b40cd014ad61f155efb370
      DOI
      10.15463/rec.1189737501
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Juan Antonio Inarejos Muñoz: Ciudadanos, propietarios y electores en la construcción del liberalismo español. El caso de la provincias castellano-manchegas (1854-1868) (reviewed by Maria Gemma Rubí Casals)

Resulta cuando menos gratificante disponer de investigaciones de importante calado sobre los procesos electorales celebrados durante la España isabelina, que puedan completar el alud de obras existentes y centradas en la Restauración, que tanto han hecho por explicar la forja del liberalismo político, deferencial o censitario, en el siglo xix. Mucho más si la obra que reseñamos proviene de un exhaustivo estudio de caso en relación al marco geográfico de la investigación escogido: las provincias castellano-manchegas durante los años centrales del siglo xix.

Juan Antonio Inarejos ha realizado un agudo microanálisis sin escatimar fuentes archivísticas y documentales, entre las cuales la correspondencia política de Posada Herrera. El libro recorre el itinerario clásico de cualquier obra dedicada al estudio de los procesos electorales: la normativa conducente a consagrar el predominio del ciudadano-productor como eje de la nueva representación política de corte liberal, y la forma concreta como los ayuntamientos, encargados de elaborar el censo, ejecutaron esta normativa, seguramente una de las partes más interesantes y novedosas del libro. La articulación a nivel local de los partidos y corrientes ideológico-políticas, que contiene una atención muy agradecida a las alternativas opositoras, representadas por demorepublicanos y carlistas, habitualmente ausentes, sobre todo los primeros, en este tipo de investigaciones sobre la política censitaria en distritos esencialmente agrarios. El surgimiento de un espacio público, las vicisitudes inherentes a las luchas electorales, los resultados numéricos arrojados y las variaciones en la correlación de fuerzas políticas, constituyen otros aspectos tratados con profundidad. Finalmente, un breve repaso a la clase política parlamentaria, de su acción concreta dentro y fuera de las cámaras, así como la caracterización de los diputados según si actuaban como diputados del distrito o bien diputados de la nación. Unos capítulos complementarios al eje argumentativo principal son los que el autor destina a la revolución progresista de 1854 y al establecimiento de un nuevo «orden revolucionario», por un lado, y al uso de la guardería rural en beneficio exclusivo del blindaje de la propiedad.

A partir de una base empírica amplia y bien fundamentada, el autor discute algunos tópicos que son lugar común en la historiografía. En primer lugar, su estudio tiene la voluntad de desmontar la asociación mecánica que tradicionalmente se ha establecido entre la España rural decimonónica y conservadora, con una permanente desmovilización electoral, por impropia, al menos en el marco geográfico estudiado. Ésta vinculación estereotipada habría permitido a lo gobiernos de turno «colocar» sin problemas a sus candidatos en estos distritos, y ahogar en definitiva su voluntad política, sin tener en cuenta los inmediatos intereses de sus elites dirigentes. Lejos de esta visión atónita y subordinada, Inarejos demuestra ampliamente cómo las elecciones del sufragio censitario en estos distritos cumplieron perfectamente la función de crear representatividad y de legitimar la nueva forma de acceso a las instituciones liberales, sustentada en un concepto de soberanía, la nación de los propietarios, forjada a tenor de los criterios de la propiedad y en menor medida de la capacidad.

En segundo lugar, matiza la supuesta y sistemática intromisión gubernamental, lo que en la época se denominaba la «influencia moral» de las autoridades en los procesos electorales. Un mecanismo habitual, observa Inarejos, hasta cierto punto aceptado por buena parte del elenco de las fracciones partidistas, de la misma manera que todos –gobierno y oposición– encubrían prácticas fraudulentas bajo el manto de la legalidad, cuestionándolas sólo cuando les perjudicaba, pero abrazándolas cuando les convenía. En este sentido, la cantidad irrisoria de diputados cuneros y de candidatos de la oposición triunfante, enmascararía la estrategia de la negociación previa del Gobierno de turno con las élites locales. Por tanto, existió una complementariedad entre el caciquismo gubernamental y el caciquismo local, también el eclesiástico, en función de las coyunturas políticas y la presencia de candidatos rivales con posibilidades de ganar.

Tal vez, habría que objetar al autor partir de una concepción rígida del tópico en cuestión. Que la negociación fuese una estrategia habitual no contradice lo más mínimo que fueran los gobiernos quienes llevaran la iniciativa electoral, como normalmente ocurría, unas veces apretando el manubrio, otras, pactando favores por votos. O bien los resultados electorales se imponían, o bien se anulaba la competencia electoral consensuándolos, pero al fin y al cabo, se trataba de un diálogo asimétrico entre dos partes. El Gobierno tenía a su alcance todo el peso de la maquinaria administrativa, que actuaba mediante el todopoderoso gran elector, y por tanto estaba proveído de recursos suficientes de dominación política. Unos recursos de poder, en definitiva, que no tenían las elites locales o que a lo sumo compartían con aquél, muy a pesar de la densidad de las redes clientelares en que se basaba su arraigo y ascendencia políticas.

Junto al libro, podríamos enriquecernos todavía más si la discusión a cerca de los tópicos generalizados de la vida político-electoral de estos años, se hubiese acompañado de una reflexión a modo de epílogo sobre los orígenes del giro conservador y de la institucionalización del turno dinástico que introdujo la Restauración borbónica. Teniendo en cuenta no sólo la larga experiencia acumulada de prácticas electorales que fluctuaban entre la imposición y la negociación, harto descritas por el autor, sino también las lecciones extraídas tras el Sexenio Democrático, aunque estuvieran fuera del marco cronológico de la obra. Esta limitación relativa no desmerece en absoluto una investigación que abre una clara senda mediante un enfoque innovador sobre el estudio de los procesos electorales de carácter censitario celebrados en la España isabelina. Este, sin duda, constituye uno de los peldaños fundamentales para definir el arraigo del liberalismo político en España, y poder concluir que no sólo existieron liberales, sino instituciones sustentadas en una nueva concepción de la representación, ejercida por políticos de la nación progresivamente profesionalizados, pero también por políticos encumbrados en sus respectivos distritos.

Por otro lado, y con mayor ahínco si cabe, esta obra pone de manifiesto la complejidad del proceso de modernización política que las provincias castellano-manchegas experimentaron en las décadas centrales del siglo xix. Una modernización de las prácticas y de los valores políticos, –y ahí reside una de las principales aportaciones de la investigación–, vivida por una sociedad esencialmente agraria y cuyo imaginario cultural seguía basculando en torno a la tierra como principal fuente de riqueza. Inarejos reivindica atinadamente una cierta autonomía de la esfera de lo político en relación a la dinámica socio-económica, introduciendo las posiciones ideológicas en lid y desplegando las culturas políticas confrontadas entre neocatólicos, unionistas y moderados por una parte, y republicanos y progresistas, por otra. Sin desdeñar que las principales plataformas de poder tenían un origen oligárquico, asentado en la defensa de intereses personales, económicos, vinculados al ferrocarril la mayoría de las veces, y patrimoniales.

Esta investigación refuerza aún más la necesidad de completar una verdadera geografía local de la historia social de las elecciones y de la representación política en la España isabelina, de la que no disponemos todavía. Contemplando, como lo hace el autor, a los verdaderos protagonistas, los ciudadanos-propietarios, y sus roles naturales en las jerarquías sociales. Con todo, futuras investigaciones deberían incorporar el choque producido entre los valores políticos de la nueva política liberal junto a aquéllos otros propios de las sociedades tradicionales. Así mismo, la repercusión de los comicios censitarios en el conjunto de la sociedad, o cómo los «excluidos», a los que se negaba la ciudadanía política, se sintieron politizados más allá de la coerción. De manera que el estudio de la politización de la población no solamente se informe a partir de la mirada sobre las elites, o que valore casi con exclusividad la amenaza que pende sobre ellas de la vía revolucionaria, sino que atienda a los valores y las demandas, silenciadas o no, de los «otros» ciudadanos.