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  • Metadata

    • Document type
      Review (monograph)
      Journal
      Mélanges de la Casa de Velázquez
      Author (review)
      • Negredo del Cerro, Fernando
      Language (review)
      Español
      Language (monograph)
      Español
      Author (monograph)
      • Orrego González, Francisco
      Title
      La administración de la conciencia. Manuales para confesar y tolerancia cultural en tiempos de la Ilustración ibérica, siglo XVIII
      Subtitle
      Manuales para confesar y tolerancia cultural en tiempos de la Ilustración ibérica, siglo XVIII
      Year of publication
      2018
      Place of publication
      Madrid
      Publisher
      Ediciones Doce Calles
      Number of pages
      515
      ISBN
      9788497442268
      Subject classification
      History of religion, Social and Cultural History
      Time classification
      Modern age until 1900 → 18th century
      Regional classification
      Europe → Southern Europe → Spain
      Subject headings
      Spanien
      Aufklärung
      Konfession
      Katholizismus
      Schriftlichkeit
      Original source URL
      https://journals.openedition.org/mcv/10647
      recensio.net-ID
      479f816144b54ae5919f96a2534d1540
      DOI
      10.15463/rec.877264354
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Francisco Orrego González: La administración de la conciencia. Manuales para confesar y tolerancia cultural en tiempos de la Ilustración ibérica, siglo XVIII (reviewed by Fernando Negredo del Cerro)

Hace ya algunos años que el interés por el mundo de la confesión ha ido proporcionando a la historiografía hispana toda una serie de sólidos trabajos que desde diferentes perspectivas han abordado uno de los temas centrales de la práctica religiosa católica. Tanto los centrados en la solicitación, como en la figura de confesores regios o en la práctica del sacramento en sí (y aquí yo destacaría las aportaciones de González Polvillo) todos ellos han contribuido a resaltar la importancia de un hecho que trasciende la mera cuestión religiosa para imbricarse en el horizonte cultural e incluso político de la sociedad de Antiguo Régimen. Y es precisamente en esta concepción tan amplia del concepto de confesión donde se inscribe el trabajo que hoy reseñamos que ya desde el subtítulo deja claro que persigue unos objetivos muy ambiciosos por extensos y polisémicos.

En el libro, que no es sino la edición retocada de su tesis doctoral defendida en la Universidad Complutense de Madrid en 2014 bajo la dirección del profesor Martínez Ruiz, Francisco Ortego parte de un interesantísimo texto —el Promptuario de Theología Moral para quienes se han de exponer como confesores del dominico navarro Francisco Larraga— para «dar cuenta sobre algunos episodios que explican el complejo proceso de cambio cultural» en la España del siglo xviii (p. 38). Pero no nos presenta, y ahí radica el gran interés del libro (y también sus pequeñas debilidades), dicho texto y su contextualización «próxima» como podríamos pensar en un principio, sino que el autor realiza un enorme esfuerzo por conectar la obra tanto con la cultura escrita de la España borbónica como con lo que él denomina consolidación del estado absolutista.

Amparado en una sólida base metodológica, fruto de su amplio bagaje intelectual (el autor, de origen chileno, se ha formado en diferentes universidades europeas) y en donde autores como Prodi, Po-Chia Hsia y Bouza se adivinan como grandes referentes, Ortego desarrolla las hipótesis planteadas en la introducción con amplitud y solvencia, lo cual no resulta sencillo habida cuenta de los enormes retos a los que se enfrenta. A este encuadre dedica los dos primeros capítulos en donde desfilan desde los teólogos probabilistas al confesor del conde duque de Olivares; desde la fiesta religiosa al Verdadero método de estudiar de Luis Antonio Verney; todo ello, como decimos, con un doble objetivo: en primer lugar, reconstruir las continuidades, tensiones y fracturas de la sociedad ilustrada a través del análisis del mundo literario ya que los manuales de confesores pertenecían, y en ello se hace hincapié, a la «república de las letras» ilustrada. En segundo, demostrar la estrecha relación entre clero y fortalecimiento de la cultura escrita, abogando por la importancia del libro como instrumento de la renovación católica para lo cual se sirve, entre otros, del trabajo de Ofelia Rey y Margarita Sanz sobre regulares compostelanos (pp. 104-106).

Estamos, por tanto, ante una contextualización de amplio espectro que si por un lado nos ayuda a entender el mundo en que se gestó la obra de Larraga, por otro, en ocasiones, desvía la atención del lector hacia temas secundarios e incluso terciarios, de más o menos interés en sí mismos, pero en cierta medida ajenos al objetivo principal. Además, estas amplias digresiones no siempre cuentan con el fundamento bibliográfico pertinente pues resulta imposible a un solo autor controlar toda la producción científica de tantísimos aspectos puntuales como los que se mencionan.

Una vez acabada esta magna presentación, Orrego pasa a desarrollar el análisis del objeto de estudio en sí, dedicando el capítulo tercero a diseccionar las ediciones conocidas del Promptuario de Theología Moral, ubicando cada una en sus coordenadas político-culturales. La labor no es baladí porque este manual de confesión fue mucho más que eso. No en balde se publicó por primera vez bajo Felipe V y conoció multitud de reediciones, enmiendas y transformaciones hasta el reinado de Alfonso XIII. Y a todas ellas dedica al autor acertados comentarios que van más allá de la mera erudición al vincularlos con la labor del Consejo de Castilla o de las órdenes religiosas y los intentos por controlar la cultura y su plasmación más gráfica, el libro. De ahí que este capítulo, el tercero, sea el más extenso de todos y eso que, como es lógico, las ediciones del siglo xix (incluida una impresa en Madrid en pleno Trienio Liberal) no se aborden con el detalle y minuciosidad con que se analizan las ediciones del siglo de las Luces.

Tan sólo una pequeña objeción a este alarde de erudición y es que, si hubiera profundizado un poco más en el Catálogo Colectivo Bibliográfico Español, hubiera podido localizar las Definiciones latinas de 1801 que se citan en la p. 129 como sin ubicar y que se pueden leer tanto en la biblioteca de Castilla La Mancha (Toledo) como en Alcalá en la Biblioteca de la provincia de Toledo de la Compañía de Jesús, centro donde, por cierto, también está el tomo II del Compendio de 1804 que el autor dice no haber localizado.

Volviendo a la estructura del libro, el capítulo cuarto rompe la dinámica recién establecida y retoma, en cierta manera, la estructura de los dos primeros. Se inicia con una amplia reflexión (quince páginas) sobre el sacramento de la confesión destacando los cambios operados tras Trento para después abordar su más variadas vertientes tomando como hilo conductor la obra citada. Laxismo, probabilismo, sexualidad, dolor espiritual, renovación católica, casuismo… son una muestra de la pléyade de temas que se tratan y recogen pero no de forma aleatoria o ingenua, sino con una meta clara: demostrar cómo el discurso confesional ilustrado —esto es, el encarnado por el dominico Larraga— no fue ajeno a la política de disciplinamiento propia de la ideología dieciochesca tanto para resolver cuestiones religiosas o morales como, sobre todo, también las de naturaleza civil. Merece destacarse el análisis que el autor hace del tema de la sexualidad y, en especial, la solicitación con una serie de ideas y propuestas para su estudio no exentas de polémica en la que no vamos a entrar aquí, pero de la que recogemos sólo una frase: «En este complejo escenario teológico, jurídico y espiritual también es importante señalar, así no lo exige la búsqueda del rigor histórico, que la solicitación fue tan dura para el confesor como para el penitente» (p. 312).

Con ello entramos ya en el último capítulo, el quinto, a nuestro entender el más interesante y en el que el autor intenta trascender la literatura moralista que hasta entonces ha venido trabajando para mostrar cómo ésta y cuyos autores fueron protagonistas importantes del devenir cultural en la España de las Luces. Haciéndoles partícipes de candentes debates de época como el de la mendicidad o la relación entre actividad económica y bien público o privado, al socaire de las ideas de Adam Smith, Orrego plantea la tesis de que el ejercicio de la autoridad sobre la conciencia será parte de los mecanismos utilizados por las autoridades religiosas y políticas para reglar el comportamiento social y la tolerancia cultural (p. 351). A través de ejemplos vinculados al consumo de tabaco, cacao, el concepto de lujo —y su condena—, etc., lo que el capítulo quiere dejar de manifiesto es que, merced a la casuística, los confesores demostraron ser muy conscientes de los problemas económicos y teológicos de la centuria y que, lejos de ser un grupo de clérigos fanatizados e ignorantes, contribuyeron con su labor a la implementación de medidas, de corte político, tomadas por las autoridades en ese esfuerzo de control social que presidió la práctica de gobierno de los Borbones.

La obra termina con un «Epílogo para un inicio» ya que, efectivamente, no son unas conclusiones al uso —no podrían serlo con una temática tan amplia como la que se ha planteado—, sino una reafirmación de las ideas principales que han articulado el discurso, insistiendo, entre otras cosas en que el libro, no fue demonizado por la «renovación católica», afirmación que cuenta hoy en día con un amplio consenso pero que quizá debería reformularse en clave de si lo que se demonizó no fue el libro en sí, sino su empleo, su libertad de uso; y ésta sí parece una diferencia sustancial entre catolicismo y ciertas protestantes.

A esta objeción podemos unir otras de tipo más formal que vamos a concentrar en la bibliografía. Teniendo en cuenta que este apartado consta con más de quinientos títulos, imprecisiones y erratas (el artículo de Morgado publicado en Trocadero, tiene un título diferente al aquí anotado; convierte en libro un artículito de diez páginas de Franco Rubio y López Cordón sobre Urquijo; los libros que cita de O’Malley en nota no aparecen…) no son importantes. Pero sí que resalta la selección de obras que hace, por ejemplo, al hablar de jesuitas o, sobre todo, las ausencias. Nombraré sólo las que más me han chocado más allá de que no se haga mención a autores como Rodríguez de la Flor al tratar algunos epígrafes. Creo que los trabajos de Conde Naranjo, El Argos de la Monarquía. La policía del libro en la España ilustrada o de García Martín, El juzgado de imprentas y la utilidad pública cuerpo y alma de una «monarquía vicarial» deberían haberse manejado, así como dos clásicos, que no por serlo han perdido su valor. Me refiero a Martínez Albiach, Religiosidad hispana y sociedad borbónica y a Groethuysen, La formación de la conciencia burguesa en Francia durante el siglo xviii, cuya segunda parte hubiera servido, y mucho, para encuadrar todavía mejor el último capítulo.

No obstante y para acabar, diremos que el libro es muy sugerente. Su lectura no deja indiferente. Se esté de acuerdo o no con las tesis y argumentaciones del autor, todas ellas están sólidamente fundamentadas y su refutación exige un esfuerzo intelectual y de investigación relevante por lo que podemos considerar la obra como un elemento enriquecedor del debate historiográfico y, por tanto, del crecimiento científico.